Gobernar para ganar o gobernar para la gente

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Hay momentos en la historia política en los que la pregunta deja de ser retórica y se vuelve urgente. Ya no se trata de un debate académico, sino de una sensación social que crece, se filtra en las conversaciones cotidianas y termina reflejándose en las encuestas: ¿Para quién se gobierna realmente?

El gobierno de Javier Milei atraviesa uno de esos momentos. No por una crisis terminal, sino por algo quizás más peligroso: la acumulación de tensiones, errores y silencios que empiezan lentamente a erosionar el vínculo con la sociedad.

Cuando un gobierno decide priorizar el control del relato por sobre la resolución de los problemas, entra en una zona de riesgo. Tapar errores, blindar dirigentes, relativizar conflictos o minimizar denuncias (casos Adorni, el episodio $Libra o las polémicas que rozan incluso al círculo más cercano del poder) no fortalece la autoridad: la debilita. Porque la legitimidad no se impone, se construye. Y mientras eso ocurre, la realidad avanza.

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La microeconomía, ese territorio donde viven las familias, empieza a dar señales de fatiga. El mal humor social comienza a hacerse sentir, no como un estallido, sino como una acumulación silenciosa de frustraciones y de relatos morales que no siempre encuentran correlato en los hechos. Es el cansancio del día a día, del bolsillo que no alcanza, de la expectativa que no se cumple. Lo que muchos economistas advertían como una dificultad sectorial comienza a escalar hacia un problema más amplio, con implicancias macroeconómicas.

En paralelo, la agenda pública parece correrse hacia lo simbólico, lo internacional, lo disruptivo. La relación con Donald Trump, por ejemplo, divide percepciones: algunos ven alineamiento estratégico; otros, una cercanía que bordea la sobreactuación. Pero lo cierto es que esos gestos, aunque ruidosos, no resuelven la ansiedad cotidiana de la sociedad argentina.

Algo similar ocurre con ciertas afirmaciones grandilocuentes sobre el rol de la Argentina en el mundo. La idea de que el país está en condiciones de “salvar energéticamente a Europa” puede sonar potente en clave interna, pero fuera de nuestras fronteras genera más ironía y sorna que expectativa. En varias capitales europeas, esas declaraciones se leen con escepticismo, como si la narrativa aspiracional corriera varios pasos por delante de la realidad.

Milei y la casta iliberal

Y en ese terreno donde se invoca la moral como bandera, aparece otra tensión difícil de ignorar. El propio Javier Milei anunció su próximo libro, “La moral como política de Estado”, en el que propone fundamentar sus decisiones económicas en principios éticos y en la idea de convertir a la Argentina en “el país más libre del mundo”, en línea con pensadores como Israel Kirzner.

La contradicción no es menor. Porque cuando la moral se declama pero el lenguaje se degrada, el mensaje pierde consistencia. Y cuando eso ocurre desde la máxima investidura, la discusión deja de ser ideológica para volverse cultural.

El gobierno parece haber elegido el camino de no moderar, sino profundizar. Continuar con la reducción del Estado, sostener el ancla monetaria y avanzar sin concesiones. Es una estrategia legítima desde lo ideológico. Pero la política no es solo convicción: también es lectura del contexto.

Sin embargo, en ese intento de consolidar poder, empieza a asomar una vieja paradoja. En nombre de lo nuevo, reaparecen figuras, nombres y operadores que la sociedad recuerda, aunque a veces prefiera no hacerlo, como parte de una historia poco clara del país. Personajes que, tras su paso por la función pública, no solo sobrevivieron al sistema, sino que prosperaron en él. Y que hoy, reciclados como garantes de gobernabilidad o eficiencia, vuelven a ocupar espacios cerca del poder.

No es un detalle menor. Es una señal. Lo más delicado no sea la crisis en sí, sino la orfandad de voces con peso, autoridad y legitimidad social capaces de defender el rumbo sin caer en la justificación automática. Cuando esas voces faltan, el relato se vuelve endogámico, pierde alcance y deja de persuadir.

La historia argentina es generosa en ejemplos de gobiernos que ganaron elecciones pero perdieron el vínculo con la sociedad. Ganar no alcanza si no se gobierna para la gente. Y gobernar para la gente implica más que ganar: implica escuchar, corregir y asumir errores.

Cuando el poder se vuelve un fin en sí mismo, deja de ser gobierno y empieza a ser apenas supervivencia.

ff

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